El otro día una amiga me dijo que
tenía que contarme algo. Estaba enferma. Hacía un mes que le habían
empezado a hacer pruebas.
Se desplomó en el trabajo. Dejó de
sentir las piernas y los pies y cayó.
Brote de esclerosis. Enfermedad
incurable. Degenerativa.
Una semana de 5 horas de gotero por
día.
Lo que puede llegar a hincharse aún no
lo sabe. Si conseguirán ralentizarle la enfermedad tampoco.
Ella me lo contaba tranquila, todo el
año machacándose en el gimnasio y en la piscina y ahora la iban a
cebar a cortisona. ¡Qué putada!
Hoy hace dos años de la muerte de mi
padre. Morir cuando aún te quedan tantas cosas por hacer y tanto
cariño por dar debería estar prohibido. Pero no lo está.
Tenemos a nuestro alrededor muchas
personas a las que valoramos, queremos y apreciamos. Disfrutemos de
ellas.
La vida es tan casual como la muerte.
La salud es tan aleatoria como la enfermedad.
Mi amiga es muy guapa, es feliz, tiene
amigos y amigas que le quieren. ¿por qué tiene que vivir con todo
ello a partir de ahora? Es muy decepcionante pensar que no podemos
hacer nada. Pero así es.
Podemos cuidarnos todo lo que queramos
y más, vivir la vida más sana que podamos llegar a concebir y tener
una plenitud mental que haga que nadie nos pueda derrumbar pero, si
por una de aquellas llama a tu puerta el destino y te dice: - Guapo,
guapa, te ha tocado. Es lo que hay.
Nadie se escapa de la enfermedad. Te
toca vivir lo que te echen, durante el tiempo que sea y como sea.
Mientras lo vivas y puedas sonreír,
siéntete afortunado.
Todos vamos a sufrir aunque no
queramos. La vida es mucho más complicada a medida que la vives.
Los problemas se intensifican a medida
que a tu alrededor todo envejece.
Porque ojala todos envejezcamos. Eso
querrá decir que hemos tenido la oportunidad de vivir.
Muchos otros nunca se verán arrugas,
ni verán a sus nietos, incluso a sus hijos crecer y sólo quedará
de ellos lo que cada una de las personas que les quisieron guarden en
su interior.
Papá, queda mucho de ti en mí.
Gracias.
